La enfermedad terminal sólo es el principio, el amor sobrevive a la muerte

“Sin ella”, novela intimista

Por: Ricardo Guzmán Wolffer

LaSalud.mx / MundoDeHoy.com .- Margarita Martínez Duarte (CDMX, 1970), poeta con 3 publicaciones y un premio importante en la UNAM, publica su primera novela: “Sin ella”, bajo el sello “Escritoras mexicanas”, México, 2020.

Historia de mujer, historias combinadas de mujeres, generaciones mezcladas, nociones históricas cruzadas; 3 generaciones interactuando, a veces en lo físico, siempre en lo anímico. La muerte como hilo conductor, el amor como hilo resolutor. Novela de mujer sobre mujeres. Más allá de la anécdota, la sensación de la poeta que escribe narrativa sin lograr abandonar su verdadero pulso creativo. La posibilidad de morir en paz, dignamente, con la alegría de haberse despedido de cada persona querida, regalar cada objeto significativo. Leer a Margarita es comprender que la despedida final puede lograrse con la ligereza de quien gana perdiendo lo material, de quien recibe al dar lo afectivo. La muerte de María no es trágica, no depende de la violencia ni de la política mal lograda, no se define por su salud mermada: la muerte es un camino que cada uno transita con la decisión asumida.

Es refrescante encontrarse con un texto así en tiempos de pandemia, cuando lo regular es enfrentarse con imágenes hospitalarias, relatos angustiantes de la enfermedad, propia y de familiares, discusiones sobre la eficacia de medicinas alternativas y la perdurabilidad de aparatos necesarios para afrontar al virus. No es una discusión sobre quiénes tienen más derecho a ser entubados o recibidos en hospitales públicos: sólo es una crónica inexistente del amor. Gracias a “Sin ella”, recordamos que ese tramo conclusivo puede ser una oportunidad para hacerse del propio control, recibir el amor de nuestros cercanos y hasta para ordenar recuerdos y despedidas. En medio del dolor y la incertidumbre, “Sin ella” es una llamada a la parte más esperanzadora de toda persona.

María es una enferma terminal que está en su hogar. Su enfermedad apenas le permite moverse en el departamento, pero su mejor amiga y su hija están ahí para ayudarla en todo. No tiene prisa por ordenar sus asuntos antes de irse, pero lo va haciendo. La enfermedad no le impide escribir el libro académico prometido, ni acomodar sus recuerdos, ni dejar de tatuarse una mariposa, ni organizar una fiesta de despedida donde la marihuana es preparada como cualquier otro platillo. Ante el final previsible de esta novela, la poesía le gana a la narrativa y vemos la despedida de María como una transformación para bien. Si la portada del libro es una parte del ala de una mariposa, las últimas hojas explican la imagen, con un añadido poético-argumental que sólo una mano tan experta como la de Martínez podría lograr.

La novela desarrolla la vida de María, pero también la de su madre y la de su hija. La locura de su madre y la transformación de la hija al vivir con el padre en los EUA, sirven a María para vivir en los ojos de sus propias mujeres. La historia de María suena conocida: una vida de soledad aparente, pero de riqueza interior. La mágica visión de la madura María le permite comprender los tamices cotidianos de su búsqueda en el amor familiar. Con una madre que a ratos es un titán y a ratos una mujer decaída, postrada ante su propia dispersión mental, María la tiene presente toda su vida. Cuando María comprende que está embarazada, la busca, pero su madre ya está en un recinto psiquiátrico, perdida en la inmensidad de su mente extraviada, y le habla de su miedo a tener un hijo, pero la enferma mental apenas comprende, ni siquiera le contesta. Décadas después, María busca no repetir ese silencio filial y trata por todos los medios de transmitirle a su hija lo aprendido, de hacerle ver todo el mundo que su mente y corazón pueden abarcar.

El mensaje subyacente de “Sin ella” es que, contrario a lo aparente, no hay muerte para los amados. María recuerda con devoción las enseñanzas académicas de su madre, quien le enseña a leer a los pocos años. Los ojos de la niña que mira hacia arriba no se pierden en el camino de la enfermedad. María mira con ternura y comprensión a la causante de sus muchos dolores, pero la acepta a la distancia. También acepta que su hija vivirá mejor en los EUA con su padre, a pesar del dolor de la separación.

Historias regionales convergen en el departamento de María. Su madre, en la locura de su enfermedad mental; se siente capaz de curarse con inyecciones de una inalcanzable Alemania. Pero esa fantasía le suaviza la carga y María es condescendiente con ella. Martínez evidencia que los recuerdos se pueden elegir. Y su personaje central opta por sólo ver lo que pueda darle más vida; en esa carrera perdida que es la enfermedad terminal, es mejor ayudarse que ponerse el pie.

La novela de Martínez evita las complicaciones médicas. Ante el dato clarificado de la gravedad de la enfermedad, opta por lo anímico y apenas menciona lo clínico. Parte de la riqueza de este texto es que deviene en una aspiración. Para los enfermos terminales, María debe ser un referente: es capaz de guardar la calma en todo momento, incluso cuando su hija le reclama haber contactado al amigo caído en desgracia por acusaciones de acoso y abuso sexual. “Sin ella” es un libro magnífico para establecer que la muerte próxima no significa dolor y desconsuelo; siempre hay la posibilidad de elegir. María opta por el amor en su fase terminal. Y su amiga y su hija lo comprenden y lo aceptan, encantadas de ver la fuerza viva, la llama esplendente en un cuerpo que se marchita ante la vista de todos.

María recuerda el silencio de su cuerpo. De súbito comprende que el vehículo de su mente ha comenzado a callar, a dejarla hablando sola: “como si nos hubiéramos perdido mutuamente la esperanza”. Cada enfermo tendrá su historia sobre las sensaciones corporales de la degradación física, pero María lo percibe con los ojos de quien analiza y comprende, de quien mira y evoca las mejores palabras.

Novela de esperanzas, “Sin ella” pugna por la opción de irse de este mundo con los asuntos sentimentales y familiares resueltos. María hace acopio de fuerzas para hablar con su hija, incluso cuando la enfermedad está a punto de hacerla caer por el cansancio o el sueño. María recuerda la infancia difícil de su hija, su partida a los 16 años, pero todo se compensa cuando la hija vuelve para no dejarla. Incluso intenta despedirse de su amigo, defenestrado en todos sus ámbitos por las denuncias de las mujeres acosadas. Por muy enferma que parezca María, la vitalidad de su corazón la sigue empujando a darle todo a su hija, hasta la caja de madera guardada por décadas, con algunas cosas de su madre. Y los recuerdos de su madre florecen a cada momento para reiterarle su enseñanza esencial, útil a María toda la vida, incluso en los umbrales de la muerte: la necesidad de comprender. Y para ello tiene María la lectura y la escritura. “Mi madre me ofreció la palabra escrita cual si fuera una segunda leche. Yo me atraganté de ella antes de que me abandonara en el desierto”. Y también revive la música que su madre entonó en su infancia para nunca callar. “Creo que, desde que estuve en su vientre, el canto de mi madre me prometió una existencia sonora. Cantar fue para mi madre una manera de mantener a raya el miedo y prologar la felicidad y la cordura”. La música era una certeza: “tienes permiso de anhelar toda la belleza del mundo para ti”.

Pequeños gestos la delatan como taurófila, mientras disecciona al único hombre que aparece fugazmente en la novela: un donjuán egocéntrico (valga el pleonasmo) que va a visitarla sin medir consecuencias con las integrantes del círculo de María, todas mujeres combativas. “Esa es la generación a la que pertenezco, mijita. La mayoría de los hombres de mi generación son machistas. Son los hombres con quienes crecí, con quienes me amigué, con quienes he trabajado, con quienes me acosté… La mayoría está aún muy lejos, lejísimos de cuestionar la toxicidad de su masculinidad”. Ante la indignación de su hija, María se contenta: “Cuando expresas tus opiniones con esa pasión, me ahuyentas la muerte, mijita”. Para María, el feminismo sigue siendo opinable. No pueden compaginarse las perspectivas del feminismo liberal con el indígena, acepta.

María hace del cuerpo eco de poesía. La poyesis se anuncia físicamente. “¿Cómo facilitarle al cuerpo la tarea?”. Para la autora, este libro cargado de esa mirada poética debió representar un reto similar. Cada página logra ese pulso. De esa forma se sostiene la trama, no por los recovecos argumentales, acaso por el susurro de la poeta que intenta contar una historia en un lenguaje narrativa dominado por el dulce manto de contar poetizando. Es la placidez que se filtra entrelineada para anidarse en el lector. Es el verso libre, tan libre que parece narrativa, que habla del amor por la vida de quien la sabe perdida, pero ganada en el futuro de su hija, de su magnífica hija reinventada ante la ausencia física de la madre, exorcizada con los tatuajes de los rostros de sus ascendientes. Es la poesía con la que cierra este libro, en el que explica el tatuaje de mariposa, en el que explica la locura materna.

Imagino a la autora, mientras escribe, como un mapa de sentimientos en la piel, con dragones de Komodo o mariposas rampantes entrando y saliendo de esos dedos que escriben, y contienen los mundos entrelazados por los sentimientos que inventa y los que le brotan de su propia historia. Los tatuajes formados en la propia epidermis por sus letras, en la corteza invisible de los lectores, forjados por la música de un río sentimental que suena a realidad ansiada. Veo a los lectores deslizarse por ese caudal impetuoso, contentos, dándose cuenta de que hay mucho por hacer consigo mismo antes de acercarse a la línea final.

La novela “Sin ella” representa el debut como novelista de una de las poetas más significativas de su generación, como lo demuestra el grado de evolución literaria plasmado. Si su poesía es sugestiva, su narrativa poética es seductiva.

“Sin ella” puede adquirirse por vía virtual en Amazon Kindle y próximamente en libro impreso.

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